viernes, 25 de septiembre de 2015

Dioses de barro

Lo reconozco, estoy harta de egos superinflados en este mundillo del que algunos llaman “desarrollo personal”, y es que hay tantos supuestos “profesionales” que ni siquiera se atreven a vivir de ese don que tan estupendamente dicen desempeñar… Son gente que generalmente por las mañanas realizan un trabajo oficial con el que ganan un sueldo también oficial y que, por las tardes y fines de semana, obtienen cuantiosos beneficios mientras se dan golpes en el pecho y se aprovechan de la poca oficialidad que tienen este tipo de actividades.


 Conozco a más de uno y de dos y de tres, la verdad. Gente que crean dependencias en otras personas a través de la palabra o de los falsos abrazos y a la que “obligan” a realizar formaciones interminables que suponen cantidades indescriptibles y a los que deben jurar amor eterno porque de lo contrario te pueden clavar un puñal por la espalda en cualquier momento

Se mueve tanto dinero sin que ni siquiera te den un mísero recibo de formaciones que son abonadas religiosamente en función de las cantidades estipuladas por la cúpula de ese sistema piramidal. Gente que forman parte de una organización que les da poder a estos sujetos; gente, por no llamarlos gentuza, a los que desde luego no se les puede cuestionar en nada porque simplemente son dictadores en un espacio de poder que controlan y al que llegan a someter o a excluir cruelmente si se te ocurre opinar.

Y se unen en entidades que se vanaglorian de realizar un trabajo serio pero que desde luego no te van a dar una triste factura de las aportaciones que realices. Entidades que simplemente si se te ocurre tener una opinión diferente a la que establece el poder dominante, te expulsan de ese sistema anti-democrático y lo hacen de la peor manera que se puede imaginar: jugando con los sentimientos de las personas, haciéndolos sentir culpables y dejándolos aislados de los que antes se suponía que eran sus “casi hermanos”.

Un sistema sectario que a través de la manipulación que ejerce mientras que perteneces a ellos, llegan a inyectarte el miedo en vena, porque llega un momento en que estás dentro o estás fuera, porque lo único importante es el poder dominante y por tanto, la voz también dominante, que en muchos casos es nada más que la voz de Don Dinero.

En muchos casos siento una pena profunda cuando veo como se somete a los seguidores de cualquiera de estos dioses y sistemas de barro, personas que tienen egos tan inflados que parece que va a explotar en cualquier momento si te atreves a tocarlos. Y es que son tantas las personas que se someten al plan que marca los que dirigen el sistema, un sistema donde lo único importante es idolatrar a los dioses de estas organizaciones y donde tan sólo puedes levantar la voz para realizar halagos pero nunca para cuestionar o dudar ninguno de sus designios.

Algunas de estas organizaciones dicen fomentar el amor y la armonía entre los seres utilizando valores como son la solidaridad y el respeto a la diversidad, y que venden sus actividades haciendo publicidad de toda esa gran cantidad de principios que dicen poseer. Sin embargo, resulta que a nivel interno establecen mecanismos de control salvajes para evitar por todos los medios cualquier opinión disidente, mecanismos con los que generalmente logran impedir la libre expresión de lo que pueden llegar a considerar como herejes. Y es que por supuesto, repudian y “sugieren” que el resto de sus miembros también los hagan.

Estos dioses que justifican todo su poder al creerse poseedores de la verdad, consideran formar parte de formaciones exclusivas y por supuesto elitistas que se denominan a sí mismas como oficiales en un mercado en el que precisamente la oficialidad y en muchas ocasiones incluso la legalidad, brilla por su ausencia. Los seguidores de la doctrina que catalogan como oficial y que se atrincheran de cualquier manera para no perder la gallina de los huevos de oro, se vanaglorian de ser diferentes, de ser especiales y de que todo aquel que no esté dentro del sistema es una persona incapaz de acatar la ley que ellos mismos han establecido de manera totalmente dictatorial.

En estas organizaciones brillan por su ausencia principios básicos constitucionales como es la libertad de expresión, ya que hasta en sus estatutos se establece que si sus miembros opinan de alguna manera que no sea para alagar y engrandecer al propio sistema o a cualquiera de los dirigentes de sus sedes locales, serán directamente expulsados. Lo cierto es que es muy triste el carácter sectario que acaban desarrollando organizaciones con valores que terminan siendo humo con el que venderse, donde se restringe la expresión para que tan sólo se siga el culto al líder supremo y por supuesto al de los dirigentes de las diferentes sedes locales o autonómicas y que para colmo acaban controlando a sus miembros a través de la manipulación psicológica. Por no hablar de cómo restringen la libertad de movimiento de sus miembros sobre todo en la fase formativa, evidentemente por la perdida de dinero que le supone a los que gobiernan las diferentes sedes locales.

Tan sólo puedo aconsejarte que por favor no te dejes caer en las garras de estas entidades y que si en algún momento alguien quiere hacerte creer que eres un bicho raro por no seguir los designios divinos que establecen los dioses de barro de turno, no lo dudes ¡sal corriendo! Sí, sal corriendo, y por nada del mundo te dejes caer en ese control psicológico que tanto puede llegar a destruirte.

Defiende siempre tu libertad de ser y de expresarte, y si alguien quiere callarte ¡habla más alto o incluso grita! Nada ni nadie puede anular a ningún ser humano y mucho menos esos dioses y sistemas de barro que son avalados por entidades con comportamientos sectarios que tan dañinos pueden llegar a ser…

Yolanda Morales Pereira
Antropóloga social y cultural. Formadora en recursos personales, motivación y gestión del talento a través del Coaching, del Mindfulness y la Biodanza. Creadora de Bioexpresión®

yolandamoralespereira@hotmail.com

lunes, 7 de septiembre de 2015

El miedo a estar "desconectados"

Vivimos en un mundo donde nos gusta desconectar en cualquier oportunidad que nos ofrece nuestras monótonas vidas. Cada día representamos papeles aprendidos y funcionamos como autómatas que no quieren hacerse responsables de su propio caminar. Esperamos con ansias los fines de semana, unos momentos que se convierten en una panacea que nos permite escapar de la rutina diaria, y sin embargo, siempre acaba llegando el fatídico domingo por la tarde que nos vuelve a recordar que se acerca el lunes y con él nos acecha también nuestra cruda realidad.


 Trabajamos toda la semana a la espera de que sea viernes por la tarde, así una semana tras otra. Aún recuerdo ese compañero de trabajo que repetía religiosamente cada lunes por la mañana nada más llegar su típica frase de  “ya queda menos para el viernes”.Y el viernes llega y también el sábado, y el domingo y el lunes… y van pasando los días como si viviéramos en una misma película que siempre se repite, como si nos encontráramos en ese sueño de la marmota donde hagas lo que hagas da lo mismo, porque el lunes vuelve a aparecer y con él la condena de la rutina del paso incesante de la vida.

Y pasan los días y pasan los meses y esperas tan sólo ese tiempo de vacaciones donde poder por fin desconectar para olvidar tu presente. Pero las vacaciones también terminan y con ellas después vuelven a quedar once meses esperando a que de nuevo se repitan. Y así un año y otro hasta que poco a poco vaya pasando tu tiempo productivo.

Siempre buscando escapar del día a día cuando en realidad la vida no es más que eso, un día y otro al que tú y sólo tú puedes aportar un sentido y una orientación.

Y caminas por la calle sin saber ni siquiera por donde estas pisando y te encuentras con familiares y amigos sin estar presente en realidad, porque lo cierto es que aunque buscas constantemente desconectar, la verdad es que eres una persona que vive totalmente en desconexión con su aquí y ahora. En realidad habitas un presente del que estás totalmente separado.

Caminas mirando tu teléfono móvil, estás en reuniones donde dedicas más tiempo a ver lo que te muestra esa mágica pantalla al mundo virtual antes que a descubrir todo lo que puede ofrecerte la persona que te acompaña. Llegas a tu casa y sientes pánico a la soledad de estar contigo y pasas horas y horas navegando por Internet. Pasan los días y vives en una desconexión absoluta de tu ser y ya ni siquiera eres capaz de disfrutar de un tiempo en paz al aire libre, de una charla, de una mirada, de un beso o de una caricia sin que tu teléfono móvil sea ese ser omnipresente que ha de estar en todos los instantes de tu vida para registrarla y para mostrarla. Ya no basta con que te quedes en tu vivir, ahora además tienes que enseñarlo en las redes sociales y tus ciber-amigos tienen que decirte que les gusta y así mientras más “me gusta” tengas parece que estas más orgulloso de lo que has experimentado.

Lo cierto es que nos hemos creído personajes de la prensa del corazón que han de enseñar constantemente todo lo que van viviendo. Hemos creído tener más amigos por ser más conocidos en las redes sociales, cuando en realidad la única amistad que nos acompaña a veces es la de la propia soledad. Hemos creído también que somos personas superimportantes que tenemos que estar comunicados las veinticuatro horas del día por miedo a reconocer que en realidad somos seres insignificantes, seres incapaces de mirar con quien nos cruzamos por la calle porque en realidad no vemos a nadie y tampoco nadie nos ve.

En ocasiones ante el miedo a la soledad, cuando llega la noche, te conectas al espacio virtual buscando a alguien que se sienta en las mismas circunstancias que tú, buscando entretenerse de cualquier manera para no ser consciente de lo que en realidad sientes. Nos quejamos tanto, huimos tanto…

Hemos creado una necesidad en el hecho de vivir enganchados al teléfono móvil y todo lo que su uso lleva consigo. Es muy triste ver a los bebés mirando una tablet o un móvil mientras sus padres toman una tapa en cualquier bar, acompañados por supuesto de esos teléfonos que tiene que estar siempre presente en la mesa aunque se pretenda disfrutar de una comida tranquila. Se les está alineando a los pequeños desde su más tierna infancia para que no hagan ruido, para que no se aburran, para que no se muevan y no molesten, y después esos mismos padres se quejan de la dependencia que tienen sus hijos en el uso de las “maquinitas” y en como ya ni siquiera saben jugar ni relacionarse con otros niños. Y digo yo ¿es que acaso los adultos no están haciendo lo mismo? ¿Y si en lugar de mirar constantemente el teléfono móvil o de usarlo más de cinco horas o más al día nos diéramos cuenta de que hemos caído en una dependencia que nos hace estar desconectados de nosotros y de todo lo físico que en realidad nos rodea?

Te lanzo varias preguntas: ¿puedes vivir sin utilizar un día tu teléfono? ¿Puedes dejarlo en tu casa o apagarlo y simplemente volver a recordar el placer de caminar o de charlar con alguien sin interrupciones? ¿Puedes salir sin llevar el teléfono móvil contigo? ¿Cuántas veces lo usas en una hora? ¿Realmente te crees tan importante que tienes siempre que estar conectado virtualmente al mundo para estar desconectado de ti y de tu realidad?

No sé tú, pero yo desde luego me he dado cuenta de que todo esto de la conexión hasta para ir al baño no tiene en realidad ningún sentido, vamos por la calle como robots, ya ni siquiera respetamos a quien nos acompaña porque si suena el móvil eso es lo más importante del mundo. Quiero volver a sentir la libertad de caminar o de charlar sin la interrupción de ese objeto que parece tan imprescindible, quiero dejar de mostrar mi vida públicamente para dedicar tiempo a lo que realmente me interesa, a las personas a las que quiero y a disfrutar del silencio de la conexión conmigo misma.

No tiene sentido esta absurda dependencia a un objeto que en lugar de facilitarnos la vida lo que está creando es a personas enganchadas que no saben vivir sin el teléfono móvil y que además sienten pánico a no tenerlo o a quedarse sin batería en un momento determinado… No tiene sentido, o mejor dicho, no tiene sentido para mí aunque puede que para ti sí lo tenga…

Yolanda Morales Pereira
Antropóloga social y cultural. Formadora en recursos personales, motivación y gestión del talento a través del Coaching, del Mindfulness y la Biodanza. Creadora de Bioexpresión®

yolandamoralespereira@hotmail.com


martes, 11 de agosto de 2015

¿Y ahora qué?

Reconozco que me resultaba difícil oír a algunas personas cuando me decían que estaban viviendo una crisis existencial y que de pronto tenían  una necesidad imperiosa de dar un cambio a sus vidas. Las escuchaba y creía que las comprendía, aunque en el fondo tan sólo lo creía…


 En mi interior no entendía como alguien que vivía la vida que había creado, que en muchas ocasiones estaba formada de grandes logros por los que había luchado durante mucho tiempo, como de pronto podía decir que no sabía que estaba haciendo con su vida. Esas personas que habían alcanzado grandes metas a las que yo no llegaba ni a la punta de los zapatos, me decían que estaban perdidas, que necesitaban dar un giro. Ellas solían tener todo aquello que puede desear cualquiera a medida que vamos gastando los años de nuestra historia personal y sin embargo, estaban en crisis…

Yo que siempre me he considerado una persona feliz aunque las circunstancias no han sido en ocasiones demasiado favorables, no lograba discernir con mi corto entendimiento, como personas que habían vivido y vivían trayectorias tan repletas de tanto de lo que yo había carecido, como podían sentirse perdidos si lo único que tenían que hacer era abrir los ojos y mirar todo lo que les rodeaba.

Y ahora voy yo y me encuentro en un momento en el que de pronto me pregunto: ¿y ahora qué?... Ya he vivido posiblemente más de la mitad de biografía que me correspondía, ya sé con total seguridad que hay muchísimas vivencias que jamás tendré. Puedo aún hacer algunas de las cosas con las que soñaba, pero hay tantas que son imposibles…

Durante mi niñez y mi juventud esperé a que algún día mi padre se hubiera acordado de que tenía una hija y que me hubiera llamado o que hubiera venido a verme el día de mi cumpleaños, pero eso ya no podrá ser porque murió y ni siquiera alguien se acordó que tenía una hija que a lo mejor le hubiera gustado ir a despedirlo el día de su entierro. Ya tampoco tendré la oportunidad de volver a pasear con mi abuelo y de recoger florecillas por el campo agarrada de su mano, ni de sentarme al lado de la mecedora de mi abuela a cantar canciones o a hacer punto de crochet junto a ella.

Con mis cuarenta y cinco años tampoco creo que tenga la oportunidad de volver a ser madre y de disfrutar de las preocupaciones que tienen otras madres sobre si sus hijos estudian o no. Y no podré porque tener una hija con una enfermedad poco frecuente y que nunca sabes cual será la próxima complicación, no te deja demasiado espacio para pensar en el mañana, porque ya con el hoy tengo más que bastante.

Y así, con trenes que ya no volverán a pasar, me he ido acostumbrando a no querer ilusionarme porque a lo mejor la vida no me da la oportunidad para cumplir algunos sueños… Y he aprendido a ser feliz con el ahora, con lo único que tengo, o mejor dicho, con lo único que transcurre en mí.

Ahora me encuentro experimentando en mi propia piel aquello que no concebía en los demás. Me encuentro buscándome sin saber muy bien que hacer con mi vida, perdida en esa crisis que tan irreal me parecía. Y por primera vez me muestro con mis miedos y con mis indecisiones, y quiero darme permiso para ser yo misma, aunque no sé muy bien como quiero dibujar mi mañana y ni siquiera sé si tendré el pulso firme para poder hacerlo.

Y vuelvo a preguntarme ¿y ahora qué? ¿Qué hago con mis miedos? ¿Qué hago con mi dolor? Yo que siempre he sido tan fuerte y que jamás mostré mi debilidad a nadie.

Ahora he decidido ser libre y no volver a esconderme, darme permiso para encontrarme desnuda en mi mundo, para residir en ese interior que no he querido que alguien pudiera descubrir por miedo al dolor. Y a partir de ahora, la Yolanda positiva y con fuerza seguirá tirando del carro como lo hizo siempre, pero me voy a dar permiso para mostrar mi tristeza, mi miedo y mi rabia, porque al fin y al cabo soy humana y porque también lloro, me escondo, huyo y siento la furia en mí.

Así que en estos momentos me siento en el filo de un precipicio sin saber muy bien como salvarme, repleta de incertidumbre por la nueva vida que puede estar abriéndose paso frente a mí y reconozco que me encantaría tener alas para poder sobrevolar el abismo en el que me encuentro, pero ahora he decidido que no hay retorno, que tengo que caer al vacío para que renazca esa mujer que ahora más que nunca sé que soy.

¿Y ahora qué? Pues la verdad es que no tengo ni idea, tan sólo sé que cada día estoy más cerca del fin de mi vida, que el tiempo pasa y que esto se acaba…


Yolanda Morales Pereira

miércoles, 5 de agosto de 2015

Camino hacia tu corazón

  Era un 25 de junio de 2010, apenas había marcado el reloj las 19:00 h. cuando te tuve por primera vez entre mis brazos. Eras tan pequeñita, tan débil, tan delicada, eras un ser tan diminuto, tan frágil y tan lindo. Tus ojos tenían un brillo que me enamoraron al primer instante, me mirastes con esa vida y esa fuerza que sólo tú desprendes; te sentí, me sentiste y desde entonces nuestras vidas se unieron para siempre, si, para siempre.
 
 

Nuestros corazones empezaron a latir a un mismo ritmo y ahí comenzó la más mágica de las aventuras que he podido vivir, un mágico viaje que guió y que guía para siempre el rumbo de mi existencia. 

Ese mismo día y a esa misma hora comprendí el porqué y el para qué de mi vida, comprendi cual era mi razón de existir, entendí que de verdad todo por fin tenía un sentido y que tú eras esa razón. En ese mismo instante supe que era ser feliz de verdad y sobre todo comprendí y sentí como el amor en mayúsculas brotaba a borbotones de mi corazón y como te habías convertido en esa luz que iluminaría mi vida para siempre. 

Hoy, agradecida porque contigo transito un sendero de aprendizaje y de amor incondicional, me he prometido a mi misma que siempre te voy a acompañar con la alegría del cariño y la ternura de la sonrisa, que te besaré como haces tú cada mañana al despertar que vienes corriendo a mí para decirme "mamí buenos días, te quiero". Pase lo que pase tú siempre estás ahí con tu dicha y con ese cariño sin condiciones, así que no tengo más que darte las gracias por haber tenido la suerte de que aparecieras en el camino hacia mi propio corazón.

Gracias preciosa por existir, gracias por todo lo que me has ido enseñando, gracias por ser mi gran maestra de vida, gracias por enseñarme el valor del AMOR, por haberme enseñado a amar sin condiciones y sin esperar nada a cambio.

 Yolanda Morales Pereira
Antropóloga social y cultural. Formadora en recursos personales, motivación y gestión del talento a través del Coaching, del Mindfulness y la Biodanza. Creadora de Bioexpresión®
 
yolandamoralespereira@hotmail.com

domingo, 2 de agosto de 2015

4 pasos para retormar tu propio rumbo



Un buen día dos personas se juntan y llevan en sus mochilas el desasosiego del miedo a la soledad. Dos personas que presas de sus fantasmas se agarran una a otra como si de un salvavidas se tratara en un océano inmenso y repleto de incertidumbres. Dos personas que deciden acompañarse desde el vacío de sus corazones inertes que ansían de cualquier manera unirse sin abandonar su sentimiento de soledad y que por tanto, corren el peligro de agarrarse tan fuerte que lleguen incluso a asfixiarse. 

 

En muchas ocasiones iniciamos una relación desde la más angustiosa dependencia, porque no sabemos estar solos, porque la soledad se percibe como un agujero negro que nos atrapa y que nos impide reconocer nuestra propia libertad. 


Nos olvidamos respirar por amor y nos creemos ser felices aunque nos encerremos en una jaula y olvidemos que tenemos alas para volar. Por “amor” pretendemos disfrutar de una libertad que vemos tras los barrotes de una cárcel idealizada en la que queremos creer que es posible vivir esa falsa sensación de libertad.


Y nos vamos convirtiendo en otro ser hasta llegar a olvidar quiénes éramos en realidad. Ya no recordamos cuales eran nuestros gustos porque en esa intención de crear un amor tan inconsciente, vamos borrando nuestra propia imagen para ser alguien que ya ni siquiera reconocemos. Nos encontramos cada vez más presos de nuestra propia cárcel, nos mentimos diciéndonos que el amor es así, que el amor requiere sacrificio y que cuando se ama de verdad lo que importa es darlo todo por el propietario o propietaria de la que se convirtió en nuestra cárcel. 


Y dejamos la vida en manos de alguien que tan sólo quería una mano compañera y no una mano que llevara la responsabilidad de la prisión de un corazón falsamente enamorado. 


Dos personas que se han olvidado de sí mismas y han caído presas de una dependencia atroz. Donde el amor ya no es amor, sino que tan sólo es ansiedad y angustia. Dos personas con pánico a una soledad que tienen clavada en sus corazones, que aunque quieran respirar, resulta que no pueden hacerlo porque no saben ni siquiera que poseen la capacidad de tomar aire. 


Llegados a ese punto es necesario que tomemos una hoja de ruta para navegar y de esta manera, poder llegar a buen puerto. Pero ¿cómo lo hacemos?


1. Encerrados en este laberinto de locura e inconsciencia, el único camino es pararse para ver donde estamos en realidad, dejar de engañarnos y reconocer que ya no somos los dueños de nuestras vidas y que la hemos dejado en manos de alguien que ni siquiera es capaz de dirigir la suya propia. 


2. Una vez que encontremos donde estamos, es necesario tomar un punto de referencia, alguien o algo que nos ayude, que se convierta en ese faro que nos ilumine en esa noche oscura de nuestras vidas en que nos hemos perdido. 


3. Cuando descubramos esa luz, es preciso trazar la trayectoria hacia la cual ha de navegar nuestro velero y llevar siempre el timón con firmeza. Pase lo que pase, hay que tener siempre muy claro que vamos por buen rumbo camino hacia nuestra propia libertad. 


4. Al llegar a  nuestro destino, es inevitable recordar de dónde venimos, reconocer el sendero que hemos recorrido para evitar volver a perdernos y sobre todo, para que jamás sea el miedo a la soledad quien nos una a alguien y que nos conduzca a estar completamente perdidos. 


La clave siempre está en tener presente que sólo dos personas libres que saben disfrutar de su propia soledad, podrán acompañarse y crear una relación consciente, sin miedo a anularse ni a hacerse daño. Sólo así será posible construir una pareja desde el amor verdadero y no desde ese falso amor que asfixia y apenas deja vivir. 


 Yolanda Morales Pereira

Antropóloga social y cultural. Formadora en recursos personales, motivación y gestión del talento a través del Coaching, del Mindfulness y la Biodanza. Creadora de Bioexpresión®
 
yolandamoralespereira@hotmail.com


domingo, 26 de julio de 2015

Gracias pero no quiero ser tu media naranja



Un buen día conoces a alguien “especial” y de repente comienzas a identificar todas aquellas cualidades que se corresponden con tu media naranja. Ves que esa persona se complementa perfectamente contigo y buscas por todos los medios que encaje con quien tú demandabas, con ese molde idealizado de tu pareja perfecta.


De repente has dejado de ser una media naranja para por fin convertirte en una naranja completa. Esa persona parece que tan sólo tiene virtudes que se corresponden a tus expectativas. Te dejas maravillar por esas luces de colores y tan sólo quieres ver una mentira hecha realidad. Te enamoras de parcelas de una ilusión para ver aquello que te gusta, obviando todo lo que no se corresponde con tu patrón idealizado de pareja.

Va pasando el tiempo y aquellas características que poco a poco te vas dando permiso para descubrir en tu complemento perfecto y que lo hacen más real, resulta que ya no corresponden al cien por cien con la horma de tu zapato, de ahí que tu prototipo tenga que pasar por un proceso de restauración para adaptarse a tu propia voluntad.

Es entonces cuando empiezan las mentiras y los reproches, mentiras al creer que tu pareja poco a poco se irá adaptando a tu idílico modelo del mundo y para ello comenzarás a exigirle cambios en pro de un supuesto “amor”. Le propondrás que cambie por amor, cuando en realidad no es más que una petición egoísta donde no quieres aceptar la realidad de lo que es.

En esos momentos comienzan los reproches y las quejas porque tu príncipe o princesa azul han comenzado a desteñir, ya no es ese ser idílico que en otro momento quisiste ver. Te inventas un personaje acorde a tu espectáculo y buscas, mediante todas las artimañas que se te ocurren, que sea ese ser idealizado de quien un día dices que te enamoraste. Ya no importa si es real o no, ya no importa si ese ser existe tan sólo en tu imaginación, ahora lo importante es que se ajuste al patrón que exiges para ese sentimiento idealizado.

Y te quejas diciendo que ya no es quien era, cuando en realidad ese individuo  siempre fue así pero preferías mirar a otro lado para no ver lo que ahora tanto te molesta.

Te sorprendes diciendo a quienes te rodean, que si en realidad te quisiera seguro que cambiaría porque sabe lo importante que es para ti que se comporte de tal o cual manera. Y continúas mintiéndote y esperas que tu fantasía sea realidad, aunque para ello tengas que inventar a alguien que jamás existió.

En pro de un supuesto “amor” te engañas y o bien quieres variar a ese alguien para que sea el personajillo que has inventado o te esfuerzas en anular quien realmente eres sólo por agradar y por no perder una relación que no es más que una estúpida y dolorosa quimera.

Estés en un lado o en el otro de la historia, ya sea exigiendo el cambio de alguien o forzándote por adaptarte al hombre o mujer que la otra persona dice querer, estás viviendo la misma tortura que causa el engaño. Has caído prisionero del miedo y entonces es imposible que el amor y la felicidad reinen en esa relación, porque donde hay miedo es imposible que anide el amor.

Llegado ese momento tan sólo hay una opción posible: abrir los ojos y ver lo que hay, sin expectativas, sin lamentos y sin el pánico por la posible pérdida de una quimera. Ahora la única alternativa posible es el afecto que nace de una relación consciente basada en la aceptación y la responsabilidad, que nace de la realidad del aquí y ahora, de lo que realmente existe y no de las fantasías.

Y te preguntarás ¿Cómo hago para crear una relación consciente?

1. Lo primero para iniciar el camino de una relación consciente es tan simple como comenzar a practicar la aceptación en tu vida. Recuerda que aceptar es ver lo que hay sin mentirte, sin quejarte, simplemente asumiendo la responsabilidad de tu presente, sin querer cambiarte para que otros puedan valorarte y sin cambiar a la otra persona porque aunque no lo creas, no eres quien para decirle a alguien como tiene que ser.

2. Aprende a amar sin considerarte un ser con carencias o que necesita a alguien para sentirse completo. Ya tienes todo lo que necesitas para ser feliz y sólo al descubrirte como alguien completo podrás compartir sin exigencias y sin miedos a no ser lo que otros esperan de ti.

3. No busques fuera de ti, aprende a sembrar en tu interior primero. Si vas tras alguien para que cubra tus carencias, te haces dependiente y harás todo lo posible para alterar tu propia personalidad, aprenderás a no ser más que una moneda de cambio que se canjea por una simple muestra de cariño, dejarás de ser tú con la simple intención de agradar a quien te acompañe en ese momento.


4. Ama desde la libertad y desde el respeto, aprende que no eres quien para cambiar a nadie, que tu modo de ver el mundo no es más que eso, tu modo de ver el mundo. Date cuenta que tu visión de la vida es tan sólo tuya y que cada ser tiene una trayectoria diferente que le construye, por tanto pretender que alguien sea como tú quieres es una absurda estupidez.

5. Y por último, mírate y descubre todo lo que ya reside en ti, no busques sólo tus fallos y carencias, porque desde esa visión de mendicidad poco puedes aportar en una relación. Mira a quien te acompañe y recuerda que una pareja la formáis tres: tú, la otra persona y la pareja que formáis, y cada figura de ese precioso puzle tiene un valor incalculable que por nada del mundo tiene que anularse.



Yolanda Morales Pereira

Antropóloga social y cultural. Formadora en recursos personales, motivación y gestión del talento a través del Coaching, del Mindfulness y la Biodanza. Creadora de Bioexpresión®
 
yolandamoralespereira@hotmail.com