martes, 11 de agosto de 2015

¿Y ahora qué?

Reconozco que me resultaba difícil oír a algunas personas cuando me decían que estaban viviendo una crisis existencial y que de pronto tenían  una necesidad imperiosa de dar un cambio a sus vidas. Las escuchaba y creía que las comprendía, aunque en el fondo tan sólo lo creía…


 En mi interior no entendía como alguien que vivía la vida que había creado, que en muchas ocasiones estaba formada de grandes logros por los que había luchado durante mucho tiempo, como de pronto podía decir que no sabía que estaba haciendo con su vida. Esas personas que habían alcanzado grandes metas a las que yo no llegaba ni a la punta de los zapatos, me decían que estaban perdidas, que necesitaban dar un giro. Ellas solían tener todo aquello que puede desear cualquiera a medida que vamos gastando los años de nuestra historia personal y sin embargo, estaban en crisis…

Yo que siempre me he considerado una persona feliz aunque las circunstancias no han sido en ocasiones demasiado favorables, no lograba discernir con mi corto entendimiento, como personas que habían vivido y vivían trayectorias tan repletas de tanto de lo que yo había carecido, como podían sentirse perdidos si lo único que tenían que hacer era abrir los ojos y mirar todo lo que les rodeaba.

Y ahora voy yo y me encuentro en un momento en el que de pronto me pregunto: ¿y ahora qué?... Ya he vivido posiblemente más de la mitad de biografía que me correspondía, ya sé con total seguridad que hay muchísimas vivencias que jamás tendré. Puedo aún hacer algunas de las cosas con las que soñaba, pero hay tantas que son imposibles…

Durante mi niñez y mi juventud esperé a que algún día mi padre se hubiera acordado de que tenía una hija y que me hubiera llamado o que hubiera venido a verme el día de mi cumpleaños, pero eso ya no podrá ser porque murió y ni siquiera alguien se acordó que tenía una hija que a lo mejor le hubiera gustado ir a despedirlo el día de su entierro. Ya tampoco tendré la oportunidad de volver a pasear con mi abuelo y de recoger florecillas por el campo agarrada de su mano, ni de sentarme al lado de la mecedora de mi abuela a cantar canciones o a hacer punto de crochet junto a ella.

Con mis cuarenta y cinco años tampoco creo que tenga la oportunidad de volver a ser madre y de disfrutar de las preocupaciones que tienen otras madres sobre si sus hijos estudian o no. Y no podré porque tener una hija con una enfermedad poco frecuente y que nunca sabes cual será la próxima complicación, no te deja demasiado espacio para pensar en el mañana, porque ya con el hoy tengo más que bastante.

Y así, con trenes que ya no volverán a pasar, me he ido acostumbrando a no querer ilusionarme porque a lo mejor la vida no me da la oportunidad para cumplir algunos sueños… Y he aprendido a ser feliz con el ahora, con lo único que tengo, o mejor dicho, con lo único que transcurre en mí.

Ahora me encuentro experimentando en mi propia piel aquello que no concebía en los demás. Me encuentro buscándome sin saber muy bien que hacer con mi vida, perdida en esa crisis que tan irreal me parecía. Y por primera vez me muestro con mis miedos y con mis indecisiones, y quiero darme permiso para ser yo misma, aunque no sé muy bien como quiero dibujar mi mañana y ni siquiera sé si tendré el pulso firme para poder hacerlo.

Y vuelvo a preguntarme ¿y ahora qué? ¿Qué hago con mis miedos? ¿Qué hago con mi dolor? Yo que siempre he sido tan fuerte y que jamás mostré mi debilidad a nadie.

Ahora he decidido ser libre y no volver a esconderme, darme permiso para encontrarme desnuda en mi mundo, para residir en ese interior que no he querido que alguien pudiera descubrir por miedo al dolor. Y a partir de ahora, la Yolanda positiva y con fuerza seguirá tirando del carro como lo hizo siempre, pero me voy a dar permiso para mostrar mi tristeza, mi miedo y mi rabia, porque al fin y al cabo soy humana y porque también lloro, me escondo, huyo y siento la furia en mí.

Así que en estos momentos me siento en el filo de un precipicio sin saber muy bien como salvarme, repleta de incertidumbre por la nueva vida que puede estar abriéndose paso frente a mí y reconozco que me encantaría tener alas para poder sobrevolar el abismo en el que me encuentro, pero ahora he decidido que no hay retorno, que tengo que caer al vacío para que renazca esa mujer que ahora más que nunca sé que soy.

¿Y ahora qué? Pues la verdad es que no tengo ni idea, tan sólo sé que cada día estoy más cerca del fin de mi vida, que el tiempo pasa y que esto se acaba…


Yolanda Morales Pereira